ANTONIO (EL AUTO AZUL)

Al igual que sus hermanos, Antonio fue puesto a la venta en uno de los concesionarios Gotti, en la sucursal de Villa Crespo. Antonio era tan pero tan lindo con su tono azul brillante que nadie se animaba a preguntar su precio. Muchas personas gente pensaban que no estaba a la venta, que era de exposición.
Después de quince días en la concesionaria, sin ni siquiera un intento de compra, Antonio se empezó a sentir triste porque imaginó que nadie lo querría. Ese mismo día, Norberto entró a la concesionaria.

Norberto era un señor ya grande, de ojos celestes, pelo canoso y gordito que tenía un trabajo que le fascinaba: era viajante y recorría todo el país vendiendo zapatillas. No bien entró al local y vio a Antonio, sintió algo especial...
–Ando buscando un auto. El azul que está ahí, el fachero, ¿está a la venta? –preguntó Norberto, con pocas ilusiones de poder llevárselo.
–¡Por fin alguien me pregunta por este auto! –dijo, aliviado, el vendedor–. La verdad es que es tan lindo que todos piensan que es de exposición.

Norberto se acercó para observarlo de cerca. Era tan lindo como se veía desde fuera del local. Sus ojos se pusieron bien grandes cuando el vendedor le contó que el motor tomaba la forma de corazón. Ya se estaba imaginando cómo recorrería el país con Antonio, llevando a pasear a sus nietas los fines de semana. No tenía dudas, era el auto ideal.
Ni lerdo ni perezoso, Antonio, que tenía su nombre pintado en el baúl, al igual que sus hermanos, le guiñó el ojo a Norberto. En ese mismo momento, Norberto decidió llevarlo.
Apenas salió de la concesionaria, Antonio le preguntó:
–Che, ¿así que sos viajante?
–¿Quién habla ahí? –preguntó Norberto, bastante sorprendido.
–¡Soy yo, el auto! Antonio me llamo...
Norberto quedó mudo. Paró a un costadito de la avenida y le volvió a preguntar. Entonces, Antonio le contó que a él y a sus hermanos los habían fabricado los hermanos Gotti con tanto amor y cariño que les habían transmitido la chispa mágica de la vida y que sólo podían hablar con sus dueños.
–¡No lo puedo creer! –le respondió Norberto, emocionado–. Sí, soy viajante y juntos recorreremos el país.
–¡Juntos! ¡Juntos! ¡Iupi!


Y ccecsha