UN DÍA EN EL ZOO / MALE Y GINO, AL RESCATE

Los fines de semana eran momentos muy esperados por Male ya que con sus papás hacían muchas cosas divertidas. Aquel sábado no iba a ser la excepción. Lo que Male no imaginaba era que viviría una aventura que recordaría por siempre....
Huguito y Betty, que sabían lo que le gustaban los aniMales, decidieron ir el domingo al zoológico. No bien Male terminó su chocolatada con vainillas, fue directamente hacia su habitación para sacarse el camisón y ponerse su mejor ropa: un vestido colorado que le había regalado su abuelo José.
Estaba superimpaciente. Cuando faltaban unos minutos para que el reloj marcara las dos, ya estaban todos listos para salir. Era un día hermoso, de esos un poco fríos, pero de sol pleno.

La familia entera se subió a auto.
–¿Dónde vamos? –preguntó Gino.
–Hoy nos toca el zoológico –contestó Huguito.
A Gino también le pareció una excelente idea. No bien llegaron al zoológico comenzaron la recorrida. Primero, por el sector de los felinos, donde se asombraron con el tigre, se enamoraron del león y se asustaron con la pantera negra. Luego, pasaron al sector de los monos, se divirtieron mucho con las monerías de los chimpancés, hasta que llegaron a la jaula de los monitos Tití. Male, gran observadora, notó que estos monitos estaban como tristes, casi aburridos. Se acercó un poquito más a ellos y los miró como queriendo saber qué les pasaba. Entonces, el más grande de los tres –que de grande no tenía nada–, le gritó:
–¡Nena! ¡Nena!
Male no podía creer lo que pasaba. ¿Cómo podía ser que el monito le hablara?
–¿Qué? –contestó Male, disimulando para que los demás no la vieran.
–¿Por qué te acercaste tanto a nosotros? –le preguntó el monito grande.
Male le explicó que los había visto tristes. El monito le confesó que ni el zoológico ni mucho menos la jaula era lugar para él y sus amigos, los otros monos. Le aseguró que si bien allí los trataban bien y les daban de comer todos los días, no podían elegir la comida ni trepar por sus árboles preferidos, y ni siquiera podían conocer otros monitos.
Male estaba emocionada con el relato. Los miró fijamente a los tres y muy seria, les preguntó:
–¿Qué les gustaría hacer?
–¡Salir de acá! –respondieron los tres al unísono.
Male corrió y le dijo a Huguito:
–Papi, ¡esos monitos no quieren estar más acá!
–¿Y qué querés hacer? –le contestó Huguito mientras le tiraba unas galletitas a un chimpancé, a través de su jaula.
–¡Sacarlos, papá, sacarlos! –le suplicó Male.
–¿Estás loquita? –le respondió Huguito, preocupado.
Male agachó su cabeza, sacudió sus rulos, pero íntimamente sabía que no iba a darse por vencida. Siguieron su recorrida y empezó su tarea de convencimiento.
–Mirá qué lindo el rinoceronte –le dijo Huguito, señalando a uno muy tierno.
–¡Papi, los monitos! –le recordó Male.
–¡Mirá el elefante! –le dijo Betty, intentando distraerla.
¿Qué vamos a hacer con los monitos? –preguntó Male al borde de la indignación.
Huguito y Betty intentaron distraerla durante todo el paseo. Pero Male no dejaba de insistir con la liberación de los monitos, hasta que llegaron a la jaula de los loros, y Huguito y Betty le dijeron a Male.
–Vamos a verlos y ahí decidimos.
Llegaron a la jaula de los monitos. Huguito y Betty se asomaron y se dieron cuenta de que Male tenía razón.
La cuestión era cómo harían para liberarlos.
–Mirá, mamá, es muy fácil. Sacamos la trabita, nos subimos los monitos al hombro y corremos hasta la puerta.
Los tres, más unidos que nunca, se tomaron del hombro en ronda.
–Hagamos como dice Male, pero que Gino nos espere en la puerta –propuso Huguito.
–¡Buena idea! –gritaron madre e hija.
Los tres pusieron sus manos en el centro y dijeron en voz baja:
–Operativo rescate… yaaaaaa.
Huguito, rápidamente, llamó a Gino por el celu y le pidió que estacionara en la puerta del zoológico y que apenas los viera, abriera las puertas. Con un poco de nervios, Betty se acercó a la jaula y sacó la traba. Male, feliz y aliviada, les dijo a los monitos:
–¡Suban ya ya ya cada uno a nuestros hombros!
Así, Male y sus papás salieron corriendo con los monos sobre ellos. Los guardias se dieron cuenta y empezaron a perseguirlos por todo el zoológico. Huguito, Betty y Male cada vez corrían más rápido y más rápido Cuando estaban por llegar a la puerta, se encontraron con un guardia gigante con cara de malo que tapaba la salida. Rápidos, Huguito se fue por un lado, y Betty y Male, por el otro. El guardia se tropezó. Entonces los tres de un salto lo pasaron por encima y lo dejaron en el piso, mirándolos cómo se iban arriba de Gino a toda velocidad y con los monitos.
Ya en camino, Betty le preguntó a Huguito:
–¿Qué hacemos ahora con los ellos?
–¡Ya tengo una idea! –dijo él–. Llevémoslos a los bosques de Palermo, ahí tienen agua, árboles y mucho espacio para jugar.
Dicho y hecho, en cinco minutos ya estaban en Palermo. Bajaron de Gino, que estaba contentísimo por la misión cumplida. Los tres monitos observaron y corrieron hacia el árbol más alto de Palermo, al que se subieron como si lo conocieran desde siempre, y desde la copa del árbol la saludaron a Male sacudiendo sus manitos. Male, contenta de ver a sus amiguitos felices, se subió a Gino y enseguida empezó a extrañarlos.
–¿Vamos a poder venir a verlos? –le preguntó a sus papás.
–¡Sí, mi vida! –le respondió Betty–. Pero tenemos que venir cuando nadie nos vea, para que no se los lleven de vuelta al zoológico.
Y así fue, cada vez que Male quería ir a ver a sus amiguitos, Huguito y Betty la llevaban, pero siempre a la tardecita, cuando ya había poquita luz, para que nadie descubriera su secreto.


Y ccecsha