LA CLASE DE PINTURA

Los martes a la tarde se habían convertido para Male en un día superdivertido, dado que Huguito y Betty decidieron que ella empezara clases de pintura.
Male las compartía con su amiguito Ramiro, un chico de pelo lacio castaño, ojos marrones y que dibujaba como ninguno de su edad. Ambos alumnos habían decidido usar remeras viejas de sus papás como delantales. Se las ponían no bien llegaban a la clase y ya quedaban en el taller de pintura para cuando ellos vinieran.
La profe era un tema aparte.
Se llamaba Noelia, tenía la cabeza llena de rulos rubios, tan rubios que parecían fosforescentes. Usaba camisas, remeras muy coloridas y pantalones recontraajustados.
En cada clase, Noelia les enseñaba una nueva técnica y cada uno en su atril la usaba como más le gustaba. Esto se dio así hasta la primera semana de octubre, cuando todo cambió…
Noelia entró a la clase y les anunció:
–Hoy les voy a enseñar la última técnica del año, que es la del salpicado. Consiste en mojar el pincel en algún color que les guste de su paleta e ir salpicando sobre la hoja que tengan en el atril. A partir de ahora y hasta diciembre, yo los voy a dejar solos durante la clase para que dibujen libremente.
La verdad era que Noelia no los iba a dejar solos. En la habitación, había una ventanita con vidrio espejado desde donde los iba a estar cuidando. Aquella vez, no bien se fue y se asomó por la ventanita, empezó a observar cómo Male y Ramiro comenzaron a usar en sus hojas esta nueva técnica del salpicado. Pero a la tercera salpicadura, la pintura de Male llegó a la remera de Ramiro.
–¡¿Qué hacés, nena?! –le gritó Ramiro a Male, enojado, y le devolvió una salpicadura, pero esta vez no la salpicó en la remera, sino en la hoja.
–¿Y vos, nene? –le respondió Male, desafiante. Sin dudarlo un segundo, agarró su paleta de colores, y la tiró entera encima de Ramiro y su hoja.
La primera reacción de él fue la de enojarse mucho, y cuando estuvo por devolvérsela miró su hoja y le dijo:
–¡Male, pará! ¡Pará! ¡Mirá mi hoja! ¡Está buenísima!
Male hizo caso. Ramiro tenía razón, le parecía relindo.
Noelia no podía creer lo que veía. Los dejó que siguieran haciendo lo que hacían, porque la verdad era que lo que notaba en los cuadros era espectacular.
A partir de ese día, cada martes se convertía en una guerra de las pinturas, en la que terminaban todos enchastrados. Noelia los observaba por la ventanita y supervisaba que nadie se lastimara. Cada vez las pinturas quedaban mejor, pero con una salvedad: la hoja de Ramiro la “salpicaba” Male y la de Male la “salpicaba” Ramiro.
Así fue llegando poco a poco diciembre y el día de la exposición donde mostrarían lo hecho por Rami y Male. El evento tan esperado sucedió: fueron Huguito y Betty, los papás de Ramiro, Noelia, y hasta los profes y los alumnos de los otros cursos, con tanta suerte que a todos les encantó. Male y Rami se miraban y se reían porque nadie, absolutamente nadie, se había dado cuenta de que las pinturas de Male eran en realidad de Rami, ¡y las de Rami eran de Male!


Y ccecsha