LA VISITA MÁS DULCE

Una tarde, mientras Male tomaba la merienda, Huguito y Betty le anunciaron que el fin de semana viajarían juntos a Entre Ríos para que ella pudiera conocer el pueblo donde habían nacido y también para que pudiera visitar la fábrica de su abuelo.
Male quedó encantada con el programa. Nunca había estado en esa provincia y sus papás se lo venían prometiendo hacía un montón. El sábado a la mañana se subieron a Gino rumbo al pueblo de Villaguay. Gino también estaba contentísimo porque hacía mucho que no salía a la ruta a probar su motor a toda potencia. Se sentía increíble: el viento a toda velocidad le chocaba la trompa, la gente que lo admiraba, se sabía lindo. Estaba tan contento que ponía música para entretenerlos a Huguito, Betty y Male.
Cuando llegaron a Villaguay, Betty, emocionada, le empezó a mostrar todo a Male:
–Mirá, esta es la plaza donde jugaba con mis amigas a la rayuela, eso que ves ahí es la Municipalidad, esta es la casa del abuelo y esa fábrica que ves ahí es la mejor de todo el pueblo.
–¿Qué hacen ahí?
–¡El mejor dulce de leche del mundo! –repitieron a coro Huguito y Betty.
–Entremos, entremos, entremos. ¡Porfi! ¡Porfi! ¡Porfi! –suplicó Male.
El frente de la fábrica era blanco inmaculado. Tenía un cartel marrón que decía: “Dulce de leche Pago Chico”. Mientras Huguito, Betty y Male entraban, Gino se quedó afuera charlando con el camioncito repartidor de la fábrica, contándole del viaje en la ruta y cómo era de grande Buenos Aires. Por su parte, el camioncito le confesó que él casi nunca salía de Villaguay.
El olor de dulce de leche se filtraba por las puertas y ventanas, tanto que hasta Gino lo sentía. Male, que ya estaba adentro, comenzó a ponerse ansiosa. Quería probar todo el dulce de leche posible. Al rato se acercó una persona mayor de boina marrón y alpargatas. Cuando se agachó a darle un beso a Male, ella se dio cuenta de que era su abuelo.
¡¡¡Abu José!!! –gritó, saltando–. ¿Hoy no fuiste a tu fábrica?
–¡Esta es mi fábrica!
–Nooo. ¿En serio? –preguntó Male–. ¿Tenías una fábrica de dulce de leche y nunca me lo dijiste?
–¿Sabés qué? Tenés razón, tendría que habértelo dicho…
Male y José se fueron a recorrer la fábrica. El abuelo le mostró la línea de producción del dulce de leche común, aunque le aclaró: “De común no tiene nada, este dulce de leche tiene el premio al mejor de la zona”. También le contó sobre la línea de dulce de leche repostero que lo compraban todas las panaderías y confiterías de la zona, y, por último, le sirvió una porción del postre número uno del pueblo: el famosísimo mouse de dulce de leche.
El abuelo introdujo una cuchara de plástico en un pote gigante más alto que Male, de metal brillante. Cuando Male lo probó, los ojitos verdes se le pusieron aún más brillantes y con cara de asombro, le aseguró:
–¡No puede ser más rico! Abu, ¿sabés una cosa? En una semana en mi jardín celebramos “mi día especial” y siempre tenemos que llevar algo rico para comer, y a mí me gustaría llevar tu mousse de dulce de leche para compartir con mis amiguitos.
–¡Dale, cargo el camioncito y me voy para allá! –le aseguró José.
En un abrir y cerrar de ojos, llegó “el día especial” de Male. Estaba supercontenta, no veía la hora de que sus compañeritos probaran el mousse de su abuelo.
Esa mañana, José cargó muy temprano el camioncito y partió rumbo a Buenos Aires. Pero tuvo tanta mala suerte que apenas un rato después de que entrara en la ciudad, se perdió. Male, que ya había llegado al cole, estaba superimpaciente porque pasaba el tiempo...
No había traído nada rico y del abuelo, ni media noticia.
José y su camioncito estaban perdidos, no sabían qué calle tomar. Afortunadamente, justo Gino los vio pasar y se dio cuenta de que necesitaban ayuda. Ni lento ni perezoso, arrancó como un rayo hasta alcanzar al camioncito.
–¿Para dónde vas, pelandrún? El cole de Male es para el otro lado –le dijo, muy resuelto.
–Hace casi dos horas que estamos perdidos –le respondió, cansado, el camioncito.
–Seguime –le gritó Gino, muy seguro.
Male estaba tan preocupada que se puso a mirar a través de ventanita de la sala, tenía la ilusión de que apareciera su querido abuelo. Pero enseguida se tranquilizó cuando vio a Gino y al camioncito detrás.
El abuelo entró apurado y bajó enormes cantidades de bandejas con el mousse.
–¡Gracias, abu! –dijo Male.
Las maestras y los compañeritos de Male lo probaron y repitieron varias veces. Mientras Male saboreaba el suyo, le preguntó:
–¿Por qué trajiste tantas bandejas, abu? En la salita somos pocos.
–Yo traje para todo el colegio, porque son todos tus compañeros.
Mientras abrazaba al abuelo José vio por la ventana de su sala cómo se empezaban a asomar los chicos de la primaria, los grandes del secundario e incluso, algunos padres. Todos querían conocer a la nena que había hecho posible que ellos comieran semejante delicia. Durante toda la semana, a Male le cambiaron el nombre. Durante aquellos días, sus compañeritos la apodaron “Dulce de Male”.



Y ccecsha