EL BALCÓN MÁS LINDO

El sábado se había llenado de nubes. Era una de esas tardes en las que el clima estaba indeciso: se nublaba... salía el sol. Los típicos días en los que no se sabe si lo mejor es dormir la siesta o salir a pasear. Ante la duda, Huguito probó dormir la siesta. Pero, al rato, se levantó y fue a buscar a Male a su habitación. Encontró todo demasiado ordenado. Male no había estado jugando con sus muñecas preferidas. Sin dudas, debería de estar aburrida o quizás un poco triste.
–¿Qué te pasa, Male?
–¿La ‘verdad verdadera’? Ya no tengo más ganas de seguir haciendo dibujitos.
La mirada de Male no tardó en convencerlo de que debían salir a pasear. En apenas cinco minutos, ella ya se había puesto su mejor ropa de fin de semana. Por supuesto, no podían faltar las zapatillas coloradas y la remera con la estampa de Gino que ella misma había diseñado.
–¡Estoy lista! –gritó Male muy fuerte para que Huguito la escuchara.
Su papá, que leía el diario en el living, inmediatamente lo dejó y le avisó a Betty que saldría con Male.
–¿Adónde van? –preguntó Betty, intrigada.
–¡Surprise! –dijo Huguito y salieron tan rápido como un rayo para subirse a Gino.
Huguito empezó a manejar. Dio tantas vueltas que Gino advirtió que su dueño estaba un poco indeciso.
–¿Qué estás buscando, Huguito?
–Un vivero, pero no encuentro ni uno. Che, ¿dónde compra plantas la gente de Buenos Aires?
–Yo sé dónde está el mejor vivero de toda la ciudad –le aseguró Gino y aceleró la marcha.
Aprovechando que Huguito ya no manejaba, Male comenzó a charlar con su papá. Le pidió que le explicara qué era un vivero y Huguito le contó que se trataba de un lugar en el que vendían plantas y que, como el balcón de la casa estaba un poco triste, pensó que juntos podrían decorarlo.
–¡Qué buena idea, pa! –le dijo Male.
Un rato después, llegaron al vivero. A Male le dio la sensación de estar en una selva: todo repleto de plantas y flores. Los atendió un hombre bajito de rasgos orientales que amablemente les preguntó si habían visto algo que les gustara.
–¡Sí! –respondió Male, apurada–. Me gusta esa –dijo y señaló una hermosa planta que tenía unos frutos lilas.
–Esa es una lavanda –le explicó el vendedor.
–¿Y esa? –preguntó Male, señalando otra planta.
–Violeta de los Alpes –contestó el vendedor.
Male siguió preguntando por cada planta. El vendedor, encantado, le detalló con paciencia cómo había que cuidar a cada una de ellas. Male quería llevarse todas, pero Huguito, que siempre le daba todos los gustos, le explicó que ya habían comprado demasiadas plantas y que todavía tenían que elegir entre macetas y canteros.
–Quiero esta, esta y esta –seguía Male, y elegía más plantas.
–¡Sufi! –gritó Huguito, que ya imaginaba su billetera vacía.
La compra estaba casi terminada, hasta que Male vio unos palitos para decorar macetas. Huguito no pudo decirle que no y terminó comprándolos junto con una bolsa de tierra.
Habían llevado tantas cosas, que no entraban en el baúl de Gino, así que tuvieron que ir con el baúl abierto y las cañas apuntando hacia el cielo.
Apenas llegaron a la casa, Huguito y Male se pusieron a trabajar en el balcón. Llenaron los espacios libres con las plantas, las cañas y el resto de las cosas que habían comprado. Luego de dos horas de arduo trabajo, fueron a buscar a Betty, le taparon los ojos y no se los destaparon hasta que estuvieron parados frente a su creación.
–¡Charán! –cantaron a coro Male y Huguito.
Tan lindo había quedado que Betty no podía creer que fuera el mismo balcón.
Al ratito, tocaron el timbre. Era el vecino del cuarto piso que le decía que estaba maravillado con cómo había quedado el balcón, les confesó que él quería tener uno igual, y les pidió a Huguito y Male que hicieran lo mismo en su balcón. A Male le encantó la idea.
El balcón de los Petraca quedó tan bien que a los pocos días muchos más vecinos quisieron que padre e hija fueran los jardineros oficiales del edificio y de cada departamento. En pocas semanas, todos los balcones lucían radiantes e igualitos.
Una nueva sorpresa llegó a la familia de Male cuando, tres meses después, recibieron una carta del Gobierno de la Ciudad que decía:

"Primer premio a los balcones mejor decorados de la ciudad de Buenos Aires".

Huguito y Male estaban felices. A partir de ese reconocimiento, los empezaron a llamar de los edificios vecinos, de otros barrios y hasta de otras ciudades. Incluso, les hicieron entrevistas en varios canales de televisión. Para Huguito se convirtió en un segundo trabajo, si bien seguía teniendo su puesto de contador en la fábrica, la jardinería se había transformado en su nuevo oficio, pero lo que más disfrutaba no era el dinero que obtenía, sino de compartirlo con Male.



Y ccecsha