EL CUARTEL DE BOMBEROS

Era un día de mucho, pero mucho frío. En la salita de Male, Vane, su maestra preferida tenía preparada una gran sorpresa: un paseo al cuartel de bomberos. Male y sus amigos se subieron rapidísimo al micro. Estaban ansiosos por conocer el lugar donde trabajaban estos héroes.
En el cuartel los estaba esperando el capitán y todos los miembros vestidos con sus uniformes azules y cascos rojos. Habían preparado largas mesas con vainillas y chocolatadas para convidarles a los chicos.
Apenas los niños terminaron de rodear las mesas, el capitán tomó un altavoz amarillo y les anunció una cálida bienvenida.
–Primero lo primero. ¡Ahora a tomar la chocolatada y a comerse un churro! –grito Juan, el capitán, a través del altavoz.
Mientras terminaban su desayuno, los bomberos se fueron acercando hacia los niños para mostrarles los trajes ignífugos (que los protegen del fuego), las diferentes herramientas (que utilizaban para salvar gente en los incendios), las máscaras que usaban para poder respirar en casos de mucho humo. Los niños también tocaron los picos de bronce, las mangueras y, lo más importante, se subieron a la autobomba.
Male fue la primera en subirse. Justo cuando se sentó, comenzó a sonar la alarma de incendio. Los bomberos salieron apuradísimos. En pleno viaje, se dieron cuenta de algo terrible: ¡Male se había quedado en la autobomba!
Más callada que nunca, entre emocionada y asustada, ella le preguntó a Juan, el capitán:
–Si me pasa algo, ¿qué hago?
–Te quedás en el camión y cualquier cosa que te pase agarrás este walkie talkie, apretás este botón negro y hablás. Yo te voy a estar escuchando.
La autobomba iba rapidísimo, con las sirenas a todo volumen. Una frenada de golpe, el humo como una cortina negra hicieron suponer a Male que los bomberos tenían un gran trabajo por delante.
–¡Llegamos! –gritó el chofer.
Se bajaron del camión como si fueran acróbatas de un circo. El capitán, antes de bajarse, la miró a Male y le dijo:
–Quedate tranquila en el camión y cualquier cosa ya sabés.
Male asintió, sacudiendo sus rulos. Los bomberos tomaron sus mangueras y empezaron a atacar el fuego que estaba quemando una hermosa casa blanca con techos de tejas rojas. Tan compenetrados estaban con el fuego que no vieron a la señora de pelo blanco que pedía auxilio desde una pequeña ventana. Afortunadamente, Male sí la vio y les avisó por el walkie talkie.
–¡Atención, atención… hay una señora en la ventana de arriba!
El capitán miró hacia arriba, luego la miró a Male (con una señal de pulgar para arriba) y le dijo:
–¡Sos una genia, petisa!
Rápidamente, uno de los bomberos se subió y colocó la escalera de la autobomba hasta llegar a la ventana. La señora, en una crisis de nervios, casi se le tira encima al bombero
–¡Tenía tanto miedo...! –le confesó la señora mientras lo abrazaba. Los bomberos habían logrado apagar el incendio. La calle estaba cerrada y colmada por varias cámaras de los medios de televisión más importantes del país. Male era la noticia del día por haber ayudado en un rescate

En pocos minutos, los bomberos se subieron al camión. Durante el viaje, el capitán la miró a Male y le dijo:
–Sabés que le salvaste la vida a esa señora, ¿no?
Male no le contestó. Apenas le mostró su mejor sonrisa y el brillo de sus ojos verdes.
–¡Vas a tener un flor de premio! –le aseguró el capitán.
Male no lo podía creer, si ella nada más había hecho lo que le parecía que estaba bien.
Casi llegando al cuartel, Male advirtió que la esperaban muy preocupados sus compañeros y maestras. El capitán la tomó de la mano y la llevó con él a la parte de atrás del camión. Tomó el altavoz y dijo:
–Señoras y señores, ¡tengo un anuncio para hacerles!
Todos se quedaron mirándolo, intrigados.
–¡Hoy Male le salvó la vida a una señora!
Los compañeros explotaron entre gritos y aplausos:
–¡Male! ¡Male! ¡Male!
El capitán volvió a tomar el altavoz y anunció:
–Por eso, Male se merece un premio. La vamos a nombrar bombera honoraria.
(Tormenta de aplausos).
Pero todo bombero no es bombero hasta que tiene su propio casco –explicó el capitán.
Juan, el capitán, se sacó su casco y se lo puso a Male: le tapó los rulos y la mitad de la cara.
–Este es tu premio –le susurró.
Male saltaba de la alegría, y los compañeritos y las maestras, también. Pero el mejor premio para Male no era el casco, sino que la señora que se salvó le escribió una carta a Betty y Huguito de agradecimiento, y además como miembro honorario del cuartel, Male podía ir todas las tardes que quisiera, pero no a apagar incendios, sino a tomar esa rica chocolatada con sus amigos... los bomberos.



Y ccecsha