LA FÁBRICA TAN SOÑADA

Al principio, los Gotti tuvieron que trabajar muchísimo para formar su propia empresa de autos. Después de salir de sus respectivos trabajos, se juntaban en el patio de la casa de Antonio y se quedaban armando y desarmando coches. Probaban motores, arreglaban repuestos usados, pintaban chapas. También comían, charlaban, se reían e imaginaban el gran futuro que los esperaba. Así, sin parar hasta la madrugada. Dormían unas horitas y luego volvían a sus obligaciones cotidianas.
En pocas semanas, lograron vender más de cien autos, a los que bautizaron “Enzo”, en honor a su abuelo. El Enzo era un coche muy bueno y barato para esa época, un hermoso sedán con baúl, y un motor económico que sólo venía en un color: el rojo, porque era la pintura más barata que habían conseguido.
El éxito del Enzo los preparó para dar el gran salto: el concesionario propio. Compraron la casa de al lado de Antonio para allí instalar la agencia Gotti. Con el tiempo, se dieron cuenta de que todos habían dejado sus trabajos y de que estaban totalmente dedicados a la fábrica.
Renato propuso dividir las tareas. Cada uno haría lo que mejor sabía hacer. Antonio estaría a cargo de los motores; Renato, de las carrocerías; Vito, de la pintura y Gino, de los clientes.
Después de cinco años, habían vendido más de 6.500 Enzo y la empresa contaba con varias sucursales. El primer auto de los Gotti ya tenía un modelo coupé y otro familiar. Los interesados podían comprarlo en cualquiera de los 20 concesionarios Gotti de todo el país y en sus diferentes gamas de colores.
El sueño de Antonio, Renato, Vito y Gino se hacía realidad. Los hermanos triunfaban en los negocios y también en su vida personal: los cuatro se habían casado con hermosas jóvenes argentinas, habían tenido muchos hijos y eran muy felices.



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